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Friday, January 09, 2009

Negro sobre blanco (El lobo)

Primera parte
Aunque últimamente no tengo muchas ganas de entrenarme, al abrir la ventana y ver lo blanco me he puesto indumentaria “amundsendniana” y negra y me he lanzado al monte. Ni un alma por allí, nadie. Solo. Menos tres (tres bajo cero). ¡Muy bien! Suelto al lobo. Me gusta mucho correr sobre y bajo la nieve. Es más que entrenamiento: algo de la poca libertad a la que podemos acceder.
Oigo, a cada pisada, la breve queja de algo que luego me sujeta en el impulso como pidiendo explicaciones. Siento romperse los fractales. Media vuelta. Voy en contra de huellas que se dirigen hacia mí; son mías, pero da igual. Otra vuelta y están ya todas borradas. Veintidós kilómetros y pico y la “sonrisa oceánica”. Pero…
Segunda parte
…cuando me doy cuenta de que no puedo sacar el coche de la hondonada donde lo tenía aparcado, soy consciente de que el tiempo de poesía y libertad ha terminado. Pido socorro, pero la ayuda está enterrada en la ciudad. Decido hacer un último intento para evitar tener que correr, ahora empapado, otros doce o trece kilómetros. Salgo por el sitio más difícil pero menos pisado. ¡Aleluya!
Y tenemos al lobo enjaulado en su caja con ruedas, compartiendo miedo con la sociedad en medio de un curioso ballet de deslizamientos y vaivenes. Pero él sabe por instinto cosas que por lo visto no saben los demás: si conduces sobre nieve, no sigas la rodada, ábrela (y rápido segunda).
Y por el arcén, solo de nuevo, el lobo vuelve a sentir la fuerza del agarre y cómo toda duda de su superioridad individual sobre la normalidad grupal se esfuma de su mente.


Sunday, November 18, 2007

¿El fin?


¿Podría esto (sí, lo de la foto) ser el fin de Kenenisa Bekele, el mejor corredor de todos los tiempos?

Recordemos que, hace poco menos de tres años, Alem Techale, entonces novia del atleta, se quedó seca mientras entrenaba con él en los alrededores de Addis-Abeba.
Si Alem no hubiera intentado seguirlo, probablemente hubieran llegado juntos al día que tenían fijado para casarse. Seguro habrían procreado; y hubiéramos asistido a una evolución de la raza: enanos con piernas muelle y tobillos resorte a los que no podría alcanzar ni su padre. Ahora, con una titiritera de nombre impronunciable como esposa, el gran Kenenisa podría perderse entre fiesta y gala. No encontraría, de estreno en estreno, lugar para el entreno, y no presenciaríamos su esperado salto al maratón.
El año que ya viene -2009…2008, perdón- hay Juegos Olímpicos. También tendrá lo que para él es muy importante: la posibilidad de vengarse de Tadesse en el Campeonato del Mundo de Cross. Veremos.